Velaquí un fragmento do
libro "Los Precursores" do
escritor Manuel Murguía, previamente publicado o 10 de xaneiro de 1886 no xornal
Galicia Moderna de La Habana. Está
dedicado a Leonardo Sánchez Deus, un compostelán que foi loitar e morrer na Italia da época
de Garibaldi. Este fragmento en concreto fala das terras do norte da vila de Ordes,
orixe da súa familia materna segundo Murguía. Esta adxudicación non é segura e
tal vez é unha invención do escritor que liga así á figura que está alabando
cun lugar simbólico na iconografía progresista por ser onde foi traizoado e
preso "el Marquesito" Díaz Porlier.
No sé si existe todavía, pero hace unos veinte años, y siempre que
atravesaba el camino de Santiago a La Coruña, al llegar a una alta explanada,
triste y solitaria, pero llena de agrestes aromas y de una cierta salvaje
poesía grata al hijo de las montañas, solía detener las miradas y el
pensamiento sobre un viejo y un tanto espacioso edificio que a la derecha de la
carretera recortaba su oscura silueta sobre un cielo encapotado.
Sobre la puerta se leía entonces este letrero: MESÓN DE DEUS.
Aquellas negras paredes, más negras todavía en medio de un paisaje sin
viviendas, sin árboles y sin rayo de sol, me hacían el mismo efecto que los
abandonados palomares que en los llanos de Castilla parecen levantarse para
acusar todavía más lo vasto de la llanura y la soledad que en ella reina.
Los que hemos nacido orillas del mar o valles que le avecinan, los que
viven en las fecundas y risueñas comarcas que forman en Galicia regiones
verdaderamente paradisíacas no aciertan a comprender las bellezas propias a las
altas mesetas centrales de nuestro país. Aquella al parecer inhóspita
extensión, cubierta de la dura planta que le da un color oscuro, la vasta
amplitud apenas cortada en el horizonte por la línea desigual de las pequeñas
colinas, y los delgados álamos que marcan a lo lejos el cauce del río en cuyas
claras aguas se reflejan todas las soledades que les rodean, tiene sin embargo
su poesía y su grandeza. Al fondo se oscurecen las tintas y toman el eterno azul
de las lejanías; el cielo es más claro, los árboles más verdes, las aguas más
transparentes, el silencio más solemne, en una palabra todo tiene la vaguedad y
la dulce firmeza de las alturas. ¡Verdaderamente valen bien el amor que les
tienen sus hijos!
En estas llanuras, en medio de las cuales puede repetirse con el poeta,
"de su prisión se escapa mi corazón de águila cuando veo su horizonte
inmenso", el hombre se torna reflexivo y soñador. Diríase que en ellas se
templa el ánimo y el ser se endurece para todo género de fatigas. El caballo
salvaje pasta una hierba desmedrada, el carnero de lana áspera, despunta los
citisos salvajes y las retamas en flor; los vientos son fríos, pero la canción
de la campesina es más pura porque habla solo de los afectos íntimos y resuena
en los cielos iluminados por dulces y claras lejanías.
La madre de Deus tenía el carácter de los lugares en que había nacido y
pasado sus primeros años: era buena y fuerte. Su hijo heredó sobre todo, esas
dos cualidades, exaltadas por una vida aventurera y de privaciones. Pensaba que
su pan negro y el agua cristalina de las montañas no habían de faltarle, ni
menos aún el pedazo de tierra en que dormir su sueño de soldado, mientras no le
llegaba la hora suprema de dormir el de los héroes desconocidos. ¿Qué le
importaba el resto? Y sin embargo, si él hubiese contado sus sueños, si así
como sentía su corazón, lo expresara su palabra, arpa muda, en cuyas cuerdas
resonó más de una canción, –¡con qué extraños acentos nos hubiera conmovido!
M. Murguía











