En 1915
publicouse "La casa de la Troya" do escritor Alejandro Pérez Lugín, famosa pola súa descrición do ambiente
estudiantil compostelán. No primeiro capítulo, unha das escenas
máis populares e graciosas é o roubo dos chourizos na pousada do Mesón do Vento
onde parou a dilixencia. Esa casa de postas, que existiu na realidade, estaba
rexentada por Andrés Ramos (m.1910) e a súa muller Adelaida Insua nos tempos en
que Lugín pasou por ela -estudou en Santiago entre 1886 e 1893-. Sen dúbida son a inspiración para o matrimonio
protagonista, e posiblemente Carmen (a filla maior) a da rapaza de 12 anos. El mesmo dirixiría en 1925 unha película muda (na que esta escena
está no minuto 10 pero non foi rodada no Mesón). Tampouco na versión máis
coñecida, a de 1959 con Arturo Fernández de protagonista, se rodou no Mesón,
senón nunha casa a 10 km
da Coruña.
En el Mesón del Viento bajó Gerardo del coche para desentumecer las
piernas mientras mudaban el tiro a la diligencia. Los alegres viajeros del
«interior» descendieron también y con mucha bulla se metieron en una taberna,
toda mugre y moscas, que ofrecía al apetito de los viandantes salchichón
antediluviano, mohosas latas de sardinas, pan que fue blanco años atrás y un
delicioso vinillo del Ribero, cuyo aroma, sabor y frescura disimulaba la roña
secular de los vasos y tazas en que era servido.
Gerardo no entró. Estuvo paseando por la
carretera. Le inspiraban invencible repugnancia las casucas negras de la aldea
y la gente sucia y triste, según él, que en ellas entraba y salía. ¿Cómo era
posible vivir tras esas piedras habiendo en el mundo adobes y ladrillos, sogas
y yeso con que levantar gentiles edificios? Pensando en Herodes, miraba con
odio a los chiquillos que pululaban por la carretera descalzos, despeinados y
puercos, como si no hubiese visto el mismo descuido y suciedad en la
chiquillería de los barrios bajos madrileños, en la de los medios y hasta en la
de los otros más elevados.
Entretanto, los estudiantes pedían cosas en
la taberna con mucha seriedad y gran algazara, en unas lenguas ininteligibles.
—¿Espiniquilinguilis, madam?
—¿Alterum nom loedere salchichonorum?
—¿On trompiliman
de las consecans madapolan?
—¿Son ingleses,
miña nai? —preguntó a la tabernera una rapaza de doce años.
—Sonche pillos.
Abre'o ollo. Llama a tu padre, que esta es mala gente, así Dios me salve.
—Es, señora, es.
Tenga cuenta con ellos —asintió un joven seminarista, también viajero, que,
bondadosamente, prestóse a servir de intérprete entre la
vendedora y los compradores.
Cuando el mayoral grita de nuevo «¡Al coche!»
abandonaron todos la taberna precipitadamente, con una algarabía de
doscientos mil demonios, y se metieron en la diligencia con gran prisa.
No habían concluido de acomodarse en sus
asientos, cuando la tabernera salió a la puerta dando voces:
—¡Mi pan!... ¡Mis
chourisos!... ¡Ladrones! ¡Roubáronme o pan e os chourisos!... ¡Ay, Manoel!... ¡Manoel!... ¡Ay, Manoel!... ¡Corre,
que nos roubaron os chourisos!... ¡Aaaay, Manoel!...
—¡Ay, Manolé! ¡Ay,
Manolé!...
La mujer llegó furiosa, imponente, hasta la
portezuela del interior, que, en vano, pugnó por abrir.
—Tenga cuenta no
se haga mal, que va a arrancar el coche —le advirtió cariñoso y suavemente el
seminarista intérprete, que sentábase junto a la ventanilla.
—¡Pillos!
¡Ladrones! ¡Y usted es el peor de todos! ¡Rillote! —le escupió la tabernera.
—¿Quién yo? ¡Ay,
Señora; mire lo que habla!
—¡Rillote!
¡¡Rillote!!
—Pero, ¿y luego?
¿No le dije a usted que tuviese cuenta? Yo ya la avisé.
—¡Ay, Manoel!
—clamó la mujer a un hombre gordo que, en mangas de camisa, apareció por la
carretera corriendo, o figurándose que corría—. ¡Anda ligero, que estos
pillos roubáronnos o pan e os chourisos!
Manuel entróse en la taberna y volvió a salir
en seguida empuñando un pavoroso fungueiro. Inútil el heroico esfuerzo. En
aquel mismo punto arrancó la Carrilana, y aunque Manuel y su cónyuge intentaron
seguirla, no les fue posible y tuvieron que conformarse con insultar a los del
coche, acompañados del coro general de vecinos que habían acudido a la
algazara:
—¡Estudiantes d'a
fame!
—¡Rillotes!
—¡Estudiantes del
hambre!
—¡Famentos!
—rugía Manuel agitando la estaca—. ¡Ya os daría yo...!
—¡Que lle den! ¡Que
lle den bertorella!... —alejáronse cantando los diablos de la Carrilana.
—¿Ti, ves?
—chilló la tabernera al marido, volviendo contra él toda su ira—. Si estuvieses
en casa como es obligación... ¡Maldito sea el tute y quien lo trujo, e o tu
demo dos estudiantes famentos, amén Jesús, Dios me perdone!
—Calla, mujer.
¿Qué te llevaron?
—Lleváronme dos
molletes grandes, ¡así se afoguen con eles!, más catorce chourisos que tenía
aquí colgados.
—¿De los buenos?
—¡Ay, hom! ¿Y
luego iba yo a poner ahí de los buenos? Non, home, non. Fueron de los
arrasidos, los del puerco que murió. ¡Así revienten ellos!
—¡Ay, eso bien!
¿Y qué te pagaron?
—Diéronme
cuarenta y siete reales de doce chiquitas del Ribero, tres jaseosas, dos
cervezas, nueve perros gordos de salchichón y una peseta, un real y tres
cadelas de pan.
—¡Boh! Pues
entonces déjalos ir, que inda ganamos nueve reales.
—Y más también,
once; pero si tú no estuvieras jugando al maldito tute, en vez de atender a tus
obligaciones, no se llevan los chourisos y el pan, y ganábamos mais.
Entretanto, ajena al conflicto matrimonial
que dejaba en la taberna, la Carrilana corría carretera adelante, seguida
de una nube de chiquillos harapientos y sucios, que trotaban incansables
durante una larguísima e inverosímil carrera, porfiando a los viajeros la
miseria de una perra chica.
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