jueves, 18 de enero de 2018

A festa de San Antón

  Mentres en Europa morrían homes a milleiros na "Gran Guerra", en España gozábase dunha relativa tranquilidade. Velaquí a literaria crónica social dun xornalista da Gaceta de Galicia que firma como "El de los lentes" sobre un baile en Ordes o día de San Antonio de 1915.

  Era la fiesta del gran taumaturgo de Padua. El día, aunque no muy seguro, no se presentaba del todo malo. Unos cuantos amigos decidímonos a dejar la ciudad de piedra y en efecto, tomando un coche de alquiler, dejamos muy pronto a nuestras espaldas la anchurosa calle de San Roque, el barrio de la Pastoriza y, carretera adelante, entre el tintineo de los cascabeles con que adornados caminaban los tres rocines del flamante tiro y el rasgueo de las guitarras y el plañido de los laúdes, llegamos en fraternal compañía a la pintoresca villa de Órdenes que extiende a lo largo de una calle toda su pujanza y bizarría.
  El agua, menuda y penetrante, aplastaba lentamente el rebelde polvo de los caminos; pero a la vez iba depositando sobre nuestros respectivos indumentos una levísima capa de rocío; pero ¿qué importaba? a nuestra edad no para uno la atención en cosas de poco momento.
  No bien hubimos divisado una pequeña ermita* en donde la fiesta se celebra invariablemente el mismo día, una cara muy conocida entre los escolares sonrionos con cierta satisfacción no exenta de cumplido: era Pepito García Barros*, el notabilísimo panderetólogo, diestro en el baile, rápido en la conquista, audaz, galante, dicharachero.
  - Estoy harto, hartísimo de Ulpiano, de Gayo, de Próculo, de la Instituta y del verbo amar; pero amigos de lo que no me doy nunca por satisfecho es de admirar a mis hermosas vecinitas que valen un mundo.
  Así nos habló nuestro simpático camarada que en lides amorosas da ciento y raya al más pintado.
  Nos dábamos ya a todos los diablos, renegando del punto y hora en que hubimos de emprender nuestra aventura, cuando caímos en la piadosa tentación de entrar en la iglesia parroquial para, de esta suerte, endulzar nuestro fastidio. Pero ¡Oh manes venturosos! aquello fue un acierto.
  Al pie del altar un sacerdote* salmodiaba unos latines enrevesados que nuestro amable cicerone Barros atribuía a Virgilio y a Salomón. En un ángulo el sacristán manejaba reposado y solemne balanceo un artístico incensario.
  Un atiplado coro de voces femeniles entonaba un himno al santo del día; dirigimos la vista al lugar de donde partía aquel armonioso torrente y nunca tal hubiésemos hecho: el himno quebróse por mitad uniéndose al resto por una cadena de risas entrecortadas, de frases rápidas, sibilantes. Aquello era tentar a Dios y salimos.
  Ya fuera esperamos el desfile de aquel haz seductor. Barros, nuestro inseparable compañero, hizo las presentaciones con soltura y corrección. Rubias, morenas; altas, diminutas, de todo había en aquel templo; pero entre ellas hubiera sido difícil empresa buscar una cara de la que Dios se hubiese olvidado: todas bellas, muy bellas y además muy simpáticas.
  Barros no mentía; era verdad tanta belleza.
  Encaminámonos en dirección a la fiesta; una notabilísima charanga pasando de un vals a una muiñeira con la misma facilidad que de esta a una polka amenizaba el baile.
  Bien pronto imitamos a las aldeanas parejas y bailamos ¡vaya si bailamos!
  Aun ahora me bailan los ojos al recordar los de una rubia incomparable, de mirada enigmática, dulce, ensoñadora ...
  Cuando el sol, ocultando su áurea faz entre abigarradas nubes, corría hacia su ocaso, custodiando a tan lindas amistades, dimos vuelta hacia el pueblo.
  El cieguezuelo mitológico hizo de las suyas; en cada corazón puso una flecha y en alguno dos o tres.
  Aproximábase la hora de la cena y dijimos adiós a tan gentiles amigas no sin antes haber concertado un asalto para después de las diez.
  El asalto celebróse en un amplio salón de la casa del Sr. notario del partido, don José García Álvarez*, que con marcada galantería brindó su morada para tan agradable menester.
  La señora de la casa con sus bellas hijas Carmen, Áurea y Teresa hicieron primorosamente los honores de la misma.
  Entre los concurrentes recordamos a las señoras Dª Estrella Carnota, Dª Francisca Platas y Dª María Amor del Río.
  Señoritas asistieron muchas y muy bonitas; Teresita Iglesias Romero*, ataviada con elegante y sencilla toaleta (?), cautivaba el alma de cuantos la admiraban (que éramos todos): de finísimas facciones, de rubia cabellera que orlaba su rostro angelical, expresivo; sus ojos son el más acabado complemento de su belleza; tiene esa abandonada distinción de las princesitas del Rhin; si habla, fascina; si mira, enloquece... Piedad Carnota* es un encanto; sus ojos son de fuego; su talle, esbeltísimo; regio, su continente. Y por el estilo, de áureos o negros cabellos, son las otras que con su presencia dieron las más alta nota de hermosura, gracia y finura.
  A mi memoria vienen los nombres de las señoritas Pilar Astray Mato*, una rubia seductora, María Concheiro García, una angelical criatura de catorce abriles, Carmen Pol, Milagros del Río Troche, Andrea y Carmen Barreiro Uzal, hermanas de nuestro distinguido amigo el joven médico D. Juan; Sara Rivas Marzoa, Claudina Trasmonte, Isabel del Río Castro, María Carnota Soto y Aurorita Castro.
  Algunas quedan sin citar; a ellas pide el cronista benevolencia, pues es harto difícil retener tanto nombre.
  De muchachos había una buena representación, los hermanos Astray, muy simpáticos y atentos; Juan Amigo Iglesias*, la bondad y la cortesía personificadas; Barreiro Uzal, nuevo licenciado en medicina; Iglesias Romero, Luis García, Augusto Carballido*, todos ellos hijos de Minerva.
  José García Barros, alumno de la Facultad de Derecho, lució en un vals, de panderas, original del renombrado compositor señor García Jiménez, sus habilidades, adquiridas en esas clásicas estudiantinas de Compostela, evocadoras de la joyante bohemia escolar, culta y alegre.
  En una palabra; a pesar de lo improvisado de la reunión, no quedó ni un solo detalle que llenar. Débese esto en primer término al obsequioso proceder de los señores de García Álvarez y a las animadísimas señoritas de la localidad. Y porqué no decirlo, también nosotros contribuimos con nuestro buen humor al éxito de la misma.
  En suma; la fiesta de San Antonio (con quien suelen estar las niñas en muy buenas relaciones) ha resultado gratísima y tarde habremos de olvidarla.
  A las cuatro de la mañana regresamos con honda pena del para nosotros nuevo paraíso.
  Por nuestra mente iban sucediéndose una a una las dulces impresiones recibidas, mientras el auriga -de algo ha de servir la sinonimia- hacía restallar el látigo sobre el Pinto, el Lucero y el Moreno, que cual a los suyos Alejandro, el Cid y D. Quijote, también a sus caballos había puesto nombre nuestro bienhadado conductor.   EL DE LOS LENTES.
 
* Ermida de San Antón en Guindiboo.
José García Barros era un avogado santiagués, por certo tamén xornalista da "Gaceta", instalado en Ordes onde foi algunha vez xuíz municipal. Morrería 8 anos despois, en 1923.
Nemesio Morgade Portela, sacerdote de Ordes desde había dous anos.
José García Álvarez, o notario, natural de Avilés, morrería 10 anos despois en 1925, o 1º falecido (que saibamos) en accidente de tráfico en Ordes. A súa muller, Carmen del Río -de Mesía-, e a súa filla Carmen morrerían antes, en 1918, na célebre epidemia de gripe "española".
Teresa Iglesias Romero (1895-1978): filla do médico Manuel Iglesias Rapela (cuñado de Antonio Concheiro Rodríguez), dono da Casa Grande de Deixebre e de Babila Romero Astray. 3 anos despois casou co mozo Marcial Rodríguez González, apoderado do Banco Pastor en Carballo.
Piedad Carnota Soto (m.1953): filla da mestra Juana Soto Menlle (doña Juanita) -que a chamaba agarimosamente Piesiña- e do procurador de tribunais José Carnota (sobriña por tanto do xornalista Vicente Carnota).
Pilar Astray Mato: irmá do avó de Nel Astray.
Juan Amigo Iglesias: sobriño de Manuel Iglesias Rapela e curmán de Teresa. Foi avogado e deputado provincial. Un dos seus netos é o coñecido ex-xogador de fútbol, Juanito.
Augusto Carballido Pol: fillo do boticario José Mª Carballido Liñares e de Sofía Pol, irmán de Josefina e cuñado do farmacéutico Santiago del Río, morrería 5 anos despois en 1920. 
 

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