Se vemos o mapa de distribución do apelido en
Galicia, constatamos que hai 2 áreas onde predomina: unha, no oeste da
provincia de Ourense, e outra centrada na parte leste da comarca ordense. De
feito, Oroso é o concello galego
onde existe maior porcentaxe deste apelido e Frades, Mesía e Ordes están entre
os 6 primeiros.
En números absolutos Ordes é o 4º concello de
Galicia só por detrás das cidades de Coruña (algo máis de 2.000 portadores),
Vigo e Santiago (ambas as dúas con pouco máis de 1.000).
Coa emigración, hoxe o país onde hai maior
número de mosqueras non é España ou Portugal senón Colombia con 180.000 portadores! seguido de Ecuador e Venezuela.
Aparentemente a súa etimoloxía é moi clara.
Se buscamos no dicionario da RAG, un "mosqueiro-a" é un
lugar onde hai moitas moscas. Parece, por tanto, provir da palabra latina musca.
Non obstante parece difícil que a xente
empregara este insecto como topónimo porque en gran parte do ano é case
inexistente e no verán voan por todas partes. Doutra banda, os topónimos
"Mosc-" (pouco numerosos) que hai en Galicia e no resto de España
parecen estar sempre en lugares altos e non especialmente favorables para este
animal.
Manuel
Mañas Núñez ve máis ben a súa orixe na palabra latina muscus (musgo), así a Pedra Mosqueira non sería "pedra con
moscas" senón "pedra chea de musgo". Dado que en Cáceres hai
unha Sierra
de la Mosca, propón tamén a posibilidade de que o topónimo veña do
latín vulgar mossicare (morder) e
teña o significado da palabra castelá muesca,
é dicir, fendedura. E aínda explora a posibilidade de que os topónimos deste
tipo non teñan orixe latina senón que poidan proceder dunha palabra prelatina *musk- (rocha).
César
Varela García suponlle unha procedencia do verbo moneo ou admoneo
(advertir, avisar). Nos documentos medievais aparecen referencias a unha pena moasqueira que el interpreta como
"pena avisadora", da que sairían topónimos como Mosqueira, Moscallos,
Moscán... e tamén os máis fidalgos apelidos de Galicia como Penela, Moscoso ou
Mosqueira, todos nomes que fan referencia a alturas ou torres de vixía e ao
oficio de vixiante ou mosqueiro.
Como dixemos antes, Colombia é o lugar onde
hai máis mosqueras. Mesmo un presidente, Lleras Camargo,
tiña relación coa familia e a el debemos a florida narración sobre as orixes lendarias
dos Mosqueira.
Transcurso Legendario de
una Gota de Sangre. Introducción a la vida del apellido “Mosquera”.
El rey Ramiro II peleó
tercamente contra el agareno. No lo impulsaba solamente su fe, sino la
necesidad de dar expansión a su genio proceloso y actividad a sus tropas,
leoneses, astures, gallegos de sombrías barbas enmarañadas y dientes
fulgurantes de perro salvaje. El califa de Córdoba y el rey Ramiro se
disputaban, una y otra vez, la posesión de Zamora. El Duero se enturbiaba con
el pasar y repasar de vencedores y fugitivos, y sus aguas lavaban las heridas
de los pesados infantes. En su largo reinado Ramiro pactó, más de una vez,
treguas y aún paz eterna con el califa. Rompía su palabra con frías traiciones
y asaltos falaces.
En los tiempos de amistad,
la morisma y el cristianaje plebeyo fraternizaban, se relajaba la disciplina de
los ejércitos y comenzaban los escándalos, estimulados por el agrio vino
extremeño. Los caballeros árabes de ojos profundos, comenzaban a rondar los
castillos desde donde los seguían las miradas rapaces de las cristianas
recluidas. Un día ordenaba a los obispos y clérigos del reino clamar por el
exterminio del infiel. En las cuadras los mozos comenzaban a sacar brillo al
pelo de los caballos. En las ciudades sonaban las trompetas. El rey, cubierto
de hierro, precedido de heraldos, trotaba por las calles, y los maestros de
taller, las mujeres, los mendigos, desde las puertas, lo aclamaban. Sentía
entonces la alegría de la guerra y la conveniencia de ser aliado y buen amigo
de Dios. Los infieles, en los campos, comenzaban a caer, como jabalíes
acosados, en crueles celadas, en trampas arteras. Al fin, bajando por la sierra
de Gredos hacia las vegas, aparecía el moro, al aire el blanco alquicel. La
media luna entraba a disputarle a la cruz un trozo áspero de España.
Se cuenta que llegó a León,
llamado por Ramiro, en el primer cuarto del siglo X, el príncipe de Moscovia,
extraño aventurero que por luchar contra el moro había corrido toda la Europa,
como soldado de fortuna, al través de cien reinos y ducados. Ganando o
perdiendo batallas al fin entró por la Aquitania a las tierras de Ramiro que lo
incorporó a sus milicias y le dio puesto en la Corte. Dórico, que así se
llamaba el príncipe, debió ser tan valeroso y feroz, que los hirsutos capitanes
leoneses lo miraron con respeto y asombro.
Se lanzaba a las batallas
mascullando improperios en una lengua extraña y difícil y cuando bebía cantaba
sones profundos y lejanos. A nadie debió extrañar cuando se anunció que
Ingaluisa, hija del rey, se casaba con el ruso. El príncipe no abandonó, por eso, las batallas.
Llegaba de ellas oliendo a sangre, a guerra y a caballo. Cuando el rey lo
sentía desmontarse en el patio de anchas losas graníticas, se asomaba a las
ventanas y sonreía, paternalmente, por entre las barbas. Una vez, en un
ardiente verano, Dórico llegó cubierto de moscas. Lo seguían alrededor de su
casco refulgente, se amontonaban sobre las frescas heridas.
-¡Qué mosquera trae mi yerno!- Dijo el rey a los cortesanos y a él,
mientras atravesaba, tambaleante y metálico, el salón:
Los duques, condes, capitanes y aún los enanos de la Corte,
celebraron con ruidosas carcajadas la aparición del joven príncipe, sangriento
y hosco, entre el zumbar de las moscas. Pero se sabía que por cada mosca, un
moro, yacía, tendido en el campo, despanzurrado por su lanza. El moscoso, el de
la mosquera, fue implacable con el moro.
Cuando murió, ya estaba
fundado el solar, y los hijos y nietos comenzaban a disputarse las suaves
tierras de Galicia que el rey le otorgara. Moscosos y Mosqueras lucharían, aún
más, contra los infieles sin descanso, hasta que otro rey tuviera que recordar
sus hazañas y las del legendario Dórico, dando a los primeros escudo con tres
lobos negros, que lamen sangre sobre campo de plata, y a los Mosquera, cinco,
no menos siniestros, prietos y heráldicos lobos.
Entre las nieblas de la
Edad Media, Mosqueras y Moscosos se hunden, reaparecen, cambian de nombre y
facilitan así, desde luego sin proponérselo, la tarea que centurias más tarde
emprenderán los ociosos genealogistas americanos. Los Moscosos fundan con el
tiempo la casa de los Condes de Altamira y se agrega el Marquesado de Astorga.
Sus hazañas se narran por generaciones enteras de soldados. Un Mosquera
engendrará la rama que irá a parar a María Mosquera, mujer de Luis Colón, duque
de Veraguas, marqués de Jamaica, Adelantado de las Indias, en cuyas pobres
venas se extingue la sucesión del descubridor del Continente.
Hay que trepar con audacia
por el ancho tronco para llegar a Lorenzo Suárez de Figueroa, señor de Zafra y
Feria, en cuya descendencia enraizará la progenie de García Álvarez de Toledo,
duque de Alba; y hay que descender sin miedo al vértigo, persiguiendo la misma
gota de sangre del antiguo solar gallego de los Mosqueras, bajando por los
Gutiérrez de Sotomayor para aislarla en el padre de don Francisco Mosquera; o
bien, por el Comendador Diosdado Mosquera y Alvarado hasta su nieto don
Cristóbal Mosquera y Figueroa, primos ellos dos, y los primeros Mosquera que
aventó España sobre la tierra firme de Nueva Granada.
Artesanos minuciosos de su
prehistoria, estos Mosqueras hallarán en el conde Lorenzo Suárez, el vínculo
con Alonso Pérez de Guzmán, El Bueno.
¿No son, por ventura, los
Mosquera coloniales, a más de ramas vagabundas, de los Suárez de Figueroa,
Prieto de Tobar, y por tanto descendientes directos de Juana Guzmán y Florez?
Los Mosqueras, son pues,
una casta de soldados. Todo el tiempo que va desde la mítica fundación de la
estirpe hasta el descubrimiento de América es empleado por los Mosqueras en
guerrear. No hay paz en la Península para nadie. Ciertamente se trata de gente
nada plebeya.
En Galicia, por siglos
enteros, se oye el refrán, cuando alguien cuenta algún tormentoso episodio de
otro atrevido Mosquera: “Seixa Mosquera y Seixa quien pueda...”.